relatos: vidas en contacto con la naturaleza
EL CARNICERO DEL VIOLÍN (final)
“…Andrés no podía imaginarse que aquel día helador fue la última vez que vió a su amigo el carnicero violinista. Dijeron que la mula se asustó por algún animal que apareció entre la maleza del monte, en el camino de vuelta, y arrolló a David. Otros aseguran que un oso hambriento, atraído por el olor de la carne, devoró a a la mula y a su amo. Hay quien afirma que la llegada de la noche y una niebla espesa les habían hecho perder la senda apropiada y se habían precipitado por un barranco. Los encontraron helados a los tres días.
Sín embargo, Andrés estaba convencido, guiado por su fantasía infantil, que la desaparición de su amigo era cosa de unos cientos de arañas que con el tejer de sus hilos lo habían sumido en el sueño eterno.
Con el paso de los años, Andrés recuerda al bueno del carnicero del violín. A punto como está de iniciar su carrera musical, sentado con su violín nuevo brillante entre los otros maestros músicos de la orquesta filarmónica, piensa en David y en sus historias al calor de la lumbre del hogar.
Su vocación por la música se la debe a la habilidad del carnicero para congregar a los aldeanos alrededor de su mercancía. Y cree que le será difícil conseguir un arte tan depurado como el de aquel juglar que llegaba del pueblo minero atravesando las montañas. No es capaz de comprender cómo del violín de un simple carnicero sin estudios emanara una música magristral, a él que tanto sacrificio le ha supuesto terminar sus estudios musicales.
Nadie como él para entusiasmarle con sus narraciones, que siempre acababan con las cenizas de las brasas apagadas a los pies; sentados en un escaño de madera azul, o quizás fuera marrón.
Su arte innato era el fruto de una penuria. La necesidad vital de sacar adelante una familia, la misma que David abandonaba cada mañana al son de la melodía de Vivaldi y que le hacía repetir por los pueblos de la comarca:
“Vengan aquí,
las mejores carnes del país
os las trae David”
FIN


