relatos: vidas en contacto con la naturaleza
Comenzamos una serie de relatos dedicados a historias relacionadas con el medio ambiente. Hoy contaremos una historia que ocurrió hace poco más de medio siglo, cuando la relación hombre-naturaleza era más estrecha y por tanto el respeto hacia el entorno natural era mayor. La historia es real. Simplemente hemos añadido unos toques ficticios para hacerla más literaria.
“EL CARNICERO DEL VIOLÍN” (1ª parte)
“Sopla el viento y sus ráfagas se extienden desde la sierra hasta el llano. Llegan al pueblo ruidos de pájaros de vuelo bajo. Hace frío, mucho frío y las primeras nieves se anuncian en la naturaleza. No hay nada mejor que los pájaros con su revoloteo para proclamarlas. El candil ilumina la oscuridad de la casa fría. El padre, con su aliento, calienta las manos de los niños. La madre intenta encender el hogar.
Un dulce sonido se confunde con el revuelo de tordos, gorriones y golondrinas. Es música de violín. Es el carnicero que pregona su mercancía por las calles del pueblo minero. Llega desde el otro lado de la montaña, con su mula cargada de carne. No hay peligro que las moscas estropeen su género, bien envuelto en paños blancos.
Siempre la misma melodía: Vivaldi y sus estaciones. Hoy toca el invierno, con su allegro non molto, y su ingeniosa descripción del frío y de sus efectos en el medio ambiente; con las cuerdas imitando un castañeteo de dientes. Ayer fue el otoño y su allegro inicial, describiendo el baile desenfadado de los campesinos que celebran la vendimia. Y meses antes el verano, y su lánguida evocación del agobiante calor y el canto de las aves; y mucho antes, la primavera, esa explosión de júbilo del violín.
“Vengan aquí,
las mejores carnes del país
os las trae David”
Andrés, el más pequeño de los hermanos, se aparta del padre y va al ventanuco. Es David, piensa, que nos trae la comida de la semana. La melodía continúa evocando una tarde de frío. Observa a través de los helados cristales cómo los aldeanos se van arremolinando alrededor del carnicero. Se precipita por las escaleras desiguales que dan al amplio portal. Ya en la calle recibe el primer impacto de la frialdad típica de comienzos de invierno.
“Vengan aquí,
las mejores carnes del país
os las trae David”
Con esta cantinela y acompañado de su violín, el carnicero atrae a todos los parroquianos. Su poder de convicción es mayor que el del cura del pueblo: las costillas de cerdo, los cuartos de cordero, los lomos, hasta el hígado de ternera y los mismos riñones, desaparecen como por encanto ante la codicia de las mujeres que necesitan llenar sus despensas una semana más”.
Continuará…


